Me siento sujeto a una inevitable sensación que carcome a aquella seguridad de estar en tus calles, en tus esquinas y piedras, aquella seguridad que te dan tus olores y sombras. Los kilómetros que he recorrido y el tiempo que a transcurrido alejado de ellas, de aquellos zaguánes y techos cinc me han trastocado. Me siento víctima de un complot que poco a poco ha minando mi estado. Veo y no veo más que paneles conocidos dentro de vitrinas profundas, vitrinas con cerdos mutilados abocados en enormes charcos. Percéfones alados en incienso y la mirra su aroma. Paso lento me sienten, irreconocible me miran. Los nervios toman posesión y yo que me dirijo al centro mientras los rostros no me dejan avanzar. Voy despacio, asegurando cada paso que doy para no caer en alguna hurtadilla última quizás hacia algún pozo profundo del cual ni Sara me podrá librar. A cada paso el siguiente por las piedras, por la antigua fábrica de galletas el cóndor, los coches uno, quizás otro me segan...
jueves, 3 de julio de 2008
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