jueves, 3 de julio de 2008

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Era la tarde muy fría, tarde nebulosa, entre casas que en forma horizontal se desplegaban en barricadas una tras otra. La bruma en el cielo se apreciaba tras líneas que conformaban aquellas casas plomizas con rejas y céspedes bien cuidados. Calles pedregosas, ahora cubiertas de autos y niños con flores descalzos. Amenazaba la noche, y los bloques negruscos que se arrinconaban hacia el Norte prometían venir. Viene la lluvia decían, murmullos que ahora venían un poco frenéticos, graznaban por amenaza de tormenta. Pero imaginaba la noche, nos imaginaba, mientras la tarde perdía fuerza y la bruma inundaba paso a paso, agigantados todos, los rincones de las casas. Las voces que en un principio formaban parte del sitio ahora solo silbidos fugaces pasaban muy entre cortados uno de otro. Lo inevitable, y el sonido golpeteaba, la temperatura descendió mientras caían, al principio calmo, luego un blanco terciopelo que la torrencial precipitación nos dejaba atónitos, el granizo disperso en la graba y las cuantiosas cantidades, nerviosos aún más. El tiempo trémolo de rayos, muchos de ellos, sin intervalos entre lo visto y el sonido.

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