lunes, 20 de agosto de 2012

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Fueron tantas cosas que no podría definir qué fue lo que nos separó.  Sí su mirada perdida al mundo de las cosas o su insolente brevedad para sus discursos tan ilusorios como temidos juegos de alquitrán en medio de abanicos de seda por todo el diván de aquellos días cuando éramos felices. Era un lunes gris como todos los días de ese Junio tan opaco y esquivo. Matilda con su atuendo tan de ella venía con una calma que no es de este mundo, abrochándose uno a uno los botones de su tres cuartos gris, reconociendo las cosas que hubo de colocar en su bolso al bajar del colectivo, pensando en cado uno de los sucesos pasados así cuando reconocía el delineador por debajo de todos aquellos sobres de edulcorante las sombras de sus ojos claros que le hacían caer en cuenta que ya no está más. Lo del sábado aquél que no podía remediarlo más, las bofetadas que se escuchaban en su mente una y otra vez entre la bruma que en el exterior se extendía por lo largo de la avenida, su calidez, toda su calma. Ya la veía Antón, él tomando su lágrima en la esquina de Irigoyen, ella decidida a dejar por sentado que no había sido ningún romance de invierno lo que había ocurrido entre los dos. Más tal vez que su impulso había sido el causante de todo, de todo su celo por la rubia aquella de la esquina de Uruguay luego al salir de Paseo la Plaza.
Los sonidos de los colectivos que pasaban, el 98 que bajaba con rumbo a San Telmo, los paseadores de perros que se alejaban con su manada  frenética, las sombras de Congreso que se apeaban entre los conserjes de los edificios contiguos, el sonido de la Federal que pasaba con todas sus miradas atentas a algún piquete en curso, todos los pies presurosos a llegar a la hora adecuada, al laburo indicado, a la hora correcta, sin más ceremonia que la de un cigarrillo que se prende en la esquina de Irigoyen pues si es Matilda decidida a entrar en la esquina de Irigoyen donde debería encontrar el rostro de Antón con su tenue brisa del Plata. -el sol que comienza a salir-