martes, 21 de diciembre de 2010

INTRO


Fue uno de aquellos días sórdidos de Mayo; lento, apacible. Donde la ciudad con toda esa furia en potencia se deja distender por el aura. Por la tardía irrupción de la luz en el decorado. Que me hallaba solo con los faroles todavía encendidos, con las piedras que reflejaban a los árboles, su arrullo al frente del Garage de Don Tito, el viento fuerte que nos hace esgrimir canciones alegres para pasar el rato tan temprano nos dan cierta conciencia de infinito. Calma al principio la ciudad entera, más tarde con la monda e intensa luz que penetra un frenesí rotundo como muchos en extravío en el interminable escenario se espera. Sé que tienes un frío del carajo en los pies, que se te congelan los dedos. Que piensas lo lejos que estás del centro de la ciudad, lo lejos de la otra noche cuando te la llevaste a pasear por Palermo. Mientras que en tu bolso solo tienes chiches de jornadas pasadas, pura basura, numeritos de mierda, funditas de chocolates en serie y las boletas del colectivo y del subte en tu basura portátil me dieron un puto y vomitivo rato de asco. Te das cuenta de la peluquería que se repetía en tu cabeza una y otra vez “lo más antes posible”, que debes dejarla allí en su vitrina de eneldo en medio de todo ese despelote. Luego al  trazar todo ese mapa virtual se difuminó algo en ese río arriba que es nuestra vida, aquello en lo que hubiere de pender de un hilo toda su miserable vida. No creías ni por un minuto que tu vida podía finalizar en cualquier momento. Te mirábamos fumando aquel pitillo. Y pensábamos al unísono de la noche en cana. De las noches de Milonga son las que más se acuerdan. Pero tú muy tranquilo querías flamear otro de aquellos agrios cigarrillos que detestábamos. Pura chamulla lo que te  decían. Soberbio como siempre jugabas en plano primo con  todas las  bicicletas que tiritaban rocío, rocío de aquella fría realidad de fines de Otoño. Victoria Bianchinelli azafata de Lan a lo lejos, con un cuerpo y una cabellera que relucía nos miraba ¿recuerdas? en la intersección con Díaz Velez muy tranquila y clara. Pero tu cojudes logró citas máximas que se esgrimían como balas de una 42.

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