domingo, 6 de enero de 2013

M


Nada sintió ya la mañana aquella de Agosto, ni los temblores que le hubieron de recorrer una y otra vez por toda su hermosa espina dorsal ni todas las lágrimas que hubo de derramar. En su mente, una mente algo frágil por estar abatida, allí en cama, con su pijama ocupándole todo su extenso cuerpo, con todos los hechos que la abrumaban se dejaba entrever un recuerdo constante, que venía a ella como en alguna marea urgida, que trocaba en espirales concéntricos, claros momentos unos, obscuros otros. Pero aquel recuerdo intacto, un puente en medio del mar. Una mar cayendo a las profundidades, un sonido, una caverna. Un azul en medio de la noche inmensa. Y uno o sea ella, caminando, entrándose  paso a paso, -esa mar- , a esa caída indescriptible, a aquella realidad aún desconocida. Pero cuando hubo de despertar ya todo había finalizado, se veía aún mucho más joven de lo cotidiano, siempre muy linda pero ese candor después de las noches de fiesta hacían de aquella aún chiquilla mujer una encantadora compañía para cualesquier aún intento de conquista.