miércoles, 19 de mayo de 2010

Principio

Ya cuando todo había cambiado, cuando la iluminación del rostro aquél  se desvanecía con el transitar de lo mundano allí tan claro la decadencia, su repulsión y vehemencia.
La Casa no era ya la misma; se la veía  transcurrida por el orden de las cosas que se suscitan en el tiempo, en donde todo toma vida, el último estado antes que la conciencia tome plena posesión se cree, luego se ve su débil y dificil administración en el cansado cuerpo. Como sus espacios distintos y sus distintas disposiciones para la hortensia y el durazno se mimetizaban con el decorado, con su tibieza mental se veían principales sus molestias en contra de mí, en contra de su ¡yo! en el cerrojo de la maldita puerta.
Despojada de toda inhibición su vejez muy cálida se desintregra entre los rayos taladrantes de una tarde de Junio. En sus ojos el velo delirante del film, en ella la luz de Boedo tan fuerte en ella como esos demonios de Febrero que nacen, que mueren, que se reproducen. Pero aquella tórrida conspiración de sus recuerdos que en sus movimientos esporádicos como tics consecuentes para variar, factores por lo demás incestuosos le dan un poco de alivio al término del bello Otoño porteño. Con ese astro rey que nos alumbra como modelos en alguna vitrina sideral sin darnos cuenta y con un frío de inivierno virginal que nos obliga a apreciar aún más esos fotones imprevisibles en la puerta de la confitería.

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