sábado, 10 de abril de 2010

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LLegar a casa; sentir lo lleno que estoy por la comida de mi abuelita, verla y decir bueno de aquí soy. Estar en casa, no querer salir tan solo un día que otro a ver a un pana o ha una pana, a sus hijos como vez. Como ya me he dado cuenta pues la vida sigue contigo o sin tí. Sentir el amanecer encerrado en mi cuarto de adolescente rabioso, ahora un romántico lugar es. Me encanta. Ver que nada cambia y que todo muta; que todo cambia una y otra vez y la melancolía de la estaticidad del vecino de a lado. Me siento bien en ésta conservadora ciudad claro conservadora como mi abuelita, como yo quizás. Veo por delante por detrás por todos lados y soy, que rico, mi energía,  mis montañas que retroalimetan mi ser y que me hacen enfrentar al osio, que me hacen comfrontar a Dios. Mi abuelita como siempre a misa de 7 en la Merced (siendo terciaria e hija de Maria, no se pierde una), por su puntualidad e infaltable presencia me hace recordar a una parte de mi, aquella en donde crecen las hortensias y Canis más cerca de mi.
Aquí estoy, enterándome de los chismes del barrio y aquel barrio es mi ciudad predilecta que he extrañado, que detesto y ese amor y ese odio en vos. Mis ciudades me escuchan en el campanaso de mi corazón abtruso, que no significa nada quizás, pero lo descubro una y otra vez cuando te veo de paseo con tus dos hijos diciéndome al oido de tu divorcio y del porqué de mi huida mendaz (quizás fui un gran maricón lo reconozco) quizás nunca hubiera sido yo con vos. Es por esto que tanto y por otras cosas he extrañado y añoro este Ambato de mierda, esta hermosa ciudad.