jueves, 2 de abril de 2009

RETRATO

RUIDO

La duela, los libros, las alacenas, el sonido lejano detrás de bosques y asequias, del tardío gran viaje el llegado empero apacible el esperado descanso. Los pequeños críos en la noche entrada ya reían, aquellos presurosos pasos, habitual movimiento de las criaturas caninas adosaban angustia ya a los pequeñines. La madre los ayuda con rápido paso y con habitual movimiento a introducirse entre las colchas y almoadas, beso tácito, temida espera. Ya la puerta se abría y los críos escuchan ya la graba y el madero, ya el portafiolio y el gemido. La comida esperaba impaciente para suerte de los pequeñines. Entre las colchas compunjía el miedo, el pijama, entre el peluche, el hermano. La respiración poco a poco ya tan solo surrullos. Precavidos de cada uno de los sonidos que podían apreciar desde su cuarto; el agua correr del lavabo, los pasos de los mocasines sobre el madero, las voces inermes del estereo, seguida alcoba, chocolate espumoso, ladrillos vistos, joven candor materno. -Sobre el eternit una bandada de gatos merodean-. Ya afuera el patio, la cocina, el comedor y el bebedero. Los críos respiran poco a poco y los esposos hablan del día entre las promesas y los plazos. La corniza del durazno se mecía junto con girasoles, los claveles, tulipanes, las hortensias y en lo profundo de aquel lunar un naufragio.

MÉNADE

Una chaqueta roja es lo que había observado entre toda la selección de temporada. Le gustó aquel matiz que el negro daba a toda aquella pieza, aquellos fileteados que se trasladaban por medio de aquella V entrecruzada, el bordó de los botones, de los bolsillos cuadrados que ahora que lo sostiene después de una larga lucha moviendo todo lo demás en selección se da cuenta que no es una chamarra común para esos días de Martes de agobio y decepción en los que pensaba . Que ésta será acaso una de las elegidas para los sábados nocturnos o para algún opalino Viernes de cornos, de cuerdas en derredor. Y luego piensa que no, no puede ser posible reflexiona aquel rojo en aquellas noches de teatro, de sinfónicos silencios, de aplausos vibrando todo aquel arsenal que son las obras de aquella música culta como la llaman, allí hay que ir sobrio sin pomposidades de mal gusto lo que se dice. Mejor aquel rojo buena presencia dará en las vueltas interminables que son las noches de cócteles, risas que bullen, sonidos vítreos de las consolas que se impregnan en cada intervalo de la letárgica noche y los acordes de alguna banda de turno se escuche, con olor a sándalo, con olor a sexo se escuche, que no importará ya aquel tono voraz o todo aquel maquillaje aniquilador, que le dará a cambio nueva fuerza cuando ya todo haya finalizado y la Ménade tenga que regresar, regresar por todo aquel film enmohecido que es el fin de toda velada, por aquel gris, por todo aquel frío de las 4am y a casa. Sin mucha importancia como lo toma, como toma todo lo nuevo que entra en su vida, con tedio, con mirada fría de consumidora experta es como toma a toda aquella pieza de colección. Se percata y descubre el abrigo que realmente es, aquellos nuevos objetos que la moda trae para algún grupo específico y debería ser muy específico aquel grupo si nos damos cuenta y ella que ya lo toma y revisa el precio con Sora. Que viene incluido el impuesto de importación se logra escuchar por toda la tienda que se riega como si se trasladara a otro sitio, como si en ese preciso instante nada ya tuviera más importancia que el valor metafísico de aquel diseñador Paulista.

6.6 BILLONES Y YO.

Me gusta la multitud, aquella multitud que sale una y otra vez, que se desliza despavorida, que se encuentra sin poder verse ni ella misma. Aquella rápida mirada que se oculta atrás de un esmoquin, de unos lentes de sol, detrás de aquellas cautelosas manicures con olor a mercado. La acetona que se desvanece como muchos otros objetos, quizás como los que trasladan de uno a otro espacio los instrumentos necesarios para que la música flote y se vaya allá, a donde las ondas de radio se dirigen en un recorrido eterno. Pero muy probablemente no escapen más allá que del dormitorio donde se encuentre el sistema de audio. Quizás nuestro sistema de audio no escape más allá que en un móvil y que aquel móvil esté en el subterráneo con dirección a Recreo. Desear que aquellas ondas traspasen todo aquel velo que es nuestro sentido, en donde los objetos y la abstracción no tienen significado, que ni siquiera las melodías que se predisponen para su vuelo se encuentren, que se las lleve y que sepulten a todo nuestro sistema, a toda nuestra profunda comprensión. Que se dirijan allá, más allá, hacia las raíces inciertas en donde nuestra herencia genética se recrea, en un profundo temblor desconocido asentir. Y sí, me gusta, la multiplicidad de cuerpos con tiempos que distan uno de otro y que de ellos diste su génesis real entre si. Sus relojes que marcan horas distintas, que entre aquellas distintas horas hacia lugares comunes se encuentren, para recorrer juntos, para correr juntos aquella maratón de simulacros y engaños. Aquel tamiz de apariencia que se empuja, que se crispa, que se gritan y ofrecen, que de ellos aquel aroma, que de aquel bolo sus huellas por las cuales dirijo. Que sí, que me gusta la real inmensa multitud. Y que si me gusta es tan solo para ocultarme de ella, para pasar incierto y una sombra conocida ser.

BRUCK

Bruck no había despertado aún cuando hubo de llamar Horacio. Las almidonadas sábanas que resbalaban por el cuerpo y la piel tan blanca. No se había ya imaginado tan siquiera que el día había arrancado y con unos haces de luz la obscuridad del dormitorio contiguo donde se hallaba. Alzó el brazo tan canso, tan imponentemente canso, que no halló de primera mano el auricular. Buscó a tientas por el piso tan siquiera mover nada más que su antebrazo y la mano y los dedos que buscan por todo aquel arsenal de objetos dispersos, tan temiblemente desecho toda aquella selección del espacio que parecería una composición fotográfica de algún artista donde el caos y el orden no establecido tuviera prioridad inamovible. Hallar una funda vacía de nachos junto a un Iphone de temporada veías, unas 6tas aniquiladas y detrás preservativos con fundas de matel y los dados. Cartas españolas sobreponiéndose a una notebook y la coca, los discos, los LP´s, todas las vestimentas regadas y todos los chitos en el tacho. Buscaba por debajo de la cama sin suerte alguna mientras con un almoadon ocultaba las asiduas sombras de su rostro por la anterior velada de risas que se impregnaban en los recuerdos, que se dirigían a ella como burbujas incorporeas explotando en repeticiones constantes al volver una y otra vez como toda aquella ceniza por toda la alfombra, un asco en verdad. Los televisores, los equipos de audio, los libros y los lentes de contacto en donde demonios se instalarían en toda ésta maldita pereza de las 10am. Pensaba que a la tarde saldría, que Horacio la vendría a buscar. Han quedado se acuerda, ella amodorrada y las siluetas de la fiesta. Ella sosteniendo el vaso de brandy y el girando tal cual el dolor de Camile y los ojos recordaba tan miel, tan profundos, Horacio. No quería levantar, sus ojos y el rimel desparramado por todo el rostro, tan lejano, tan ajeno y ya la veías otra vez ocultar su rostro y taparse con los almoadones que los compró en oferta.